26.04.03
Anecdotario de la Semana Santa. Sábado Santo y Domingo de Resurrección.
El Sábado ya era nuestro último día en Benidorm, así que habíamos pensado ir a dar una vuelta por la mañana. Sin embargo, estábamos tan reventados que no fuimos capaces, así que nos quedamos en la cama hasta una hora prudente y después nos pusimos a hacer las maletas y arreglar la casa con toda calma. A las 2 bajamos a comer con mis abuelos al restaurante de siempre, por no andar cocinando el último día. Bajamos pronto para evitar lo del día anterior, pues a las 4 salía el autobús y no queríamos andar con prisas. Lo malo fue que mis abuelos entonces tenían poca hambre y no comieron apenas. Consecuencia: si bien días antes mi abuela había dicho que no cocinaba más y que iban a bajar todos los días a comer allí, esta vez le pareció que desperdiciaban la comida y dijo que no volvía más. Un día de estos cuando hable con ella tendré que preguntarle si han vuelto a ir o no… Esta vez no tuvimos demasiado follón con los camareros, estaban un poco apagadillos…debía de ser porque ya no volvíamos más.
Después de comer pedimos una taxi para que nos llevase a la estación de autobuses. Como fuimos con bastante tiempo, tuvimos que estar un rato allí sentados esperando. De nuevo pudimos comprobar el sentido que algunos tienen de lo que es una cola. Y de las ganas que tienen algunos de ser los primeros en todo, porque aunque los asientos estaban numerados y reservados, la gente se daba de tortas por subir. ¡Ni que se los fuesen a llevar! Cuando por fin conseguimos que metiesen nuestras maletas, creo que fuimos los últimos, el autobús salió, bastante puntual. La gente que nos acompañaba esta vez era bastante pintoresca también. Empezando por las dos tiquismiquis que llevábamos detrás, que no dejaron de quejarse por todo desde que salimos hasta que llegamos, hasta la familia telerín. Esta familia estaba compuesta por una madre, dos hijas y cuatro abuelos. Más tarde me enteré de que el marido no había tenido vacaciones, y entonces se habían ido todos en el autobús. Llevaban como tres maletas por cabeza, y además no paraban en todo el viaje. La pobre madre estaba negra, porque no sé si eran peores las niñas o los abuelos.
El viaje se hizo un poco pesadito, sobre todo porque cuando vimos que estábamos a mitad de camino, que ya llevábamos 3 horas de viaje, y que empezaba a haber retenciones, nos echamos al temblar. Menos mal que al final tiraron por la antigua nacional y sólo llegamos con una hora de retraso. Como al día siguiente se iba Benji, y ya estamos prevenidos con el overbooking, cuando llegamos a la estación del sur decidimos coger el metro e irnos a Barajas a coger la tarjeta de embarque. Así que nuevo paseíto con nuestros cinco bultos. Menos mal que, como ya eran las 11 y pico de la noche y no íbamos a tener cercanías, se acercó mi padre a buscarnos al aeropuerto. Esa noche nos quedamos hablando con mis padres, que acababan de volver de Portugal, hasta las tantas de la mañana otra vez.
El domingo fue un poquito más tristón, porque ya nos despedíamos y además estábamos muy muy cansados. Nos levantamos casi a la hora de comer, y en cuanto terminamos nos fuimos al aeropuerto, por si acaso pillábamos atascos. Por suerte no hubo atascos, ni tampoco retrasos de los aviones, así que Benji llegó bien a casa.
Y estas fueron nuestras vacaciones de Semana Santa, muy entretenidas y bien aprovechadas. Ahora, a esperar el verano.




